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ilustres cordobeses , fué más bien hija de la inquietud de sus genios que del estado del mundo romano, háse asegurado al par que no hubo en la latina, como en las literaturas vulgares, poetas imitadores y descoloridos, cuyas obras exigieran peligrosas revoluciones ‘. Pudiera acaso admitirse esta explicacion de la decadencia de las letras del Lacio, cuando no encontráramos ya en las producciones del siglo de oro amagos de próxima ruina, y cuando no descubriésemos en las costumbres y vida del Pueblo Rey el mortifero cáncer que habia de extenderse en breve por todo el cuerpo del Estado; contagio que propagándose á las obras del ingenio, prendió primero en la literatura y se apoderó despues de las bellas artes. Aquella revolucion, tan vociferada por los retóricos modernos, en la cual pudieron y debieron tener influencia la ingénita aspereza y libertad de los poetas españoles, estaba sin duda aparejada desde la destruccion de la República (en que cayó envuelta la tribuna), bien que brilláran en la corte de Augusto los más esclarecidos escritores de Roma. Las grandes revoluciones intelectuales no se operan en un solo dia: efecto siempre de largos sacudimientos políticos, llegan á verificarse cuando la sociedad se prepara á cambiar absolutamente de formas, lo cual se estaba a la sazon realizando en el mundo, con el nuevo astro de luz que se habia levantado en el Oriente.

Dificil es, no obstante, el señalar todas las causas que contribuyeron á despeñar en el abismo las letras latinas, desde la altura á que las habia sublimado aquella brillante cohorte de ingenios, patrocinada por Mecenas. Sorpréndenos por una parte la espantable corrupcion de aquel pueblo que, despojándose ante las crueldades de Tiberio, ante las locuras y torpezas de Caligula , ante la inercia repugnante de Claudio de la libertad heredada de sus mayores, y afeminado ya por los placeres, desvanecido por el fausto y la opulencia y embrutecido por el sangriento espectáculo de los anfiteatros y de los circos, caminaba á sabiendas à la barbárie.

La Roma de la República habia tiranizado al mundo; pero

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1 Nisard, Etudes de mours et de critique sur les poètes latins de la decadence, tom. I, premiere partie.

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aquella tiranía que por ejercerse con el fin exclusivo de la dominacion material de las armas, aunque dura y cruel por extremo, se habia limitado principalmente á la esfera de la política , dejando à cada pueblo la independencia de su espíritu, y con ella los preciados tesoros de su religion y de sus costumbres ', no habia alcanzado á ahogar del todo los gérmenes internos de vida que abrigaban las naciones, uncidas al carro triunfal de cónsules y pretores. La Roma del Imperio, pensando acaso conquistar su cariño, apellido á todos los pueblos sus hermanos; pero al escucharse este nombre de Oriente á Occidente, brotaron con fuerza incontrastable los reprimidos instintos de las antiguas nacionalidades, pidiendo cada cual la representacion que en el comun Estado juzgaba corresponderle; y recordando tal vez sus antiguas ofensas, lejos de abrigar sentimientos de gratitud por tan inusitado beneficio, moviéronse todas á lavar las antiguas injurias, saciando sus inveterados odios. La Roma del Imperio coronaba pues a sus enemigos y á sus esclavos con el laurel de los cónsules y los dictadores; mas hundida en afrentosos crímenes, y embriagada en medio de eternas saturnales, ni acertó á comprender que se disponian á ejecutar en ella el rigor de sus venganzas, ni aun despertó de su letargo, al ver despedazar su manto de púrpura en el pretorio de los Césares.

En esta corte depravada, donde la prostitucion anidaba en el lecho de los Augustos, donde las matronas de más elevada estirpe, olvidando las Lucrecias y Cornelias, seguian desatinadas las torpes huellas de las Flavias y Mesalinas, aparecen aquellos romanos, domadores del mundo, en toda su vergonzosa y triste desnudez; con sus inauditas maldades y mísera impotencia; con sus sórdidas pasiones y heddionda molicie, no acertando siquiera (en medio de los deleites que de remotos confines les trajeron sus pretores) á conservar la dignidad de hombres. «Quién whay entre vuestros compañeros (decia Marco Anneo Séneca, »completando el cuadro de la ruina de la elocuencia) que sea, uno digo ya bastantemente ingenioso, bastantemente estudioso,

1 Véase lo que sobre el particular dejamos expuesto, con la autoridad de los escritores clásicos, en el capítulo precedente, págs. 8 y 9.

y pero ni aun bastantemente hombre?... Viven afeminados y en»debles, sin quererlo ellos, porque asi nacieron , siendo celadores vde la vergüenza ajena y descuidados de la suya propia '.»

Á tal extremo habia llegado la señora de las gentes bajo el cetro de aquellos tiranos, nacidos para afrentar la púrpura, poniendo verdadero espanto el tejido de crimenes y maldades, que prepara la exaltacion de Domicio a la silla de los Césares. Una sociedad y una juventud así envilecidas y retratadas con tan negros colores por el pincel del filósofo, no podian en modo alguno ministrar al poeta ni al historiador nobles ni virtuosos modelos: era de todo punto imposible que quien se habia dejado arrebatar cobardemente la libertad, pudiera sostener la gloria de los Horacios y Virgilios, ni aspirar siquiera á restaurar en la tribuna los claros timbres de los Hortensios y Cicerones. «No quieran los dioses que caiga en estos jóvenes la elocuencia, » exclamaba Marco Anneo, al contemplar el triste cuadro de afeminamiento é ignorancia, que a fines del siglo VIII de Roma presentaba aquella ciudad, émula en los primeros dias del mismo de las glorias de los Pericles y Demóstenes, y ardiente admiradora de Pindaro y de Homero.

Pero si era humanamente imposible que en medio de tanta corrupcion pudieran brillar los resplandores del siglo de oro, natural parecia tambien que aquella literatura, hija esencialmente de la imitacion helénica, bastardeara y se malease al acampar en Roma y revindicar la representacion de hombres, con los derechos de

1 In praefat. Controversiarum. Algun tiempo despues escribia su hijo Lucio Anneo, insistiendo en el mismo propósito: Ad sapientiam quis accedit?... quis dignam iudicat, nisi quam in trasitu noverit? Quis philosophiam, aut ullum liberale respicit studium, nisi quum ludi intercalantur, quum aliquis pluvius intervenit dies, quem perdere licet? Itaque tot familiae philosophorum sine successore deficiunt. Academici et veteres et minores nullum antistitem reliquerunt. Quis est, qui traddat praecepta Pyrrhonis?... Pythagorica illa invidiosa turbae schola praeceptorem non invenit. Sextiorum nova et Romanis robore secta inter initia sua, quum magno impetu coepisset, extincta est. At quanta cura laboratur, ne cuius pantomini nomen intercidat?... Harum artium multi discipuli sunt, multique doctores (Quaest. Natur., Lib. VII, cap. XXXII). Ténganse presentes estas palabras de Séneca para el estudio de su cducacion literaria.

ciudadanos, los que antes sólo habian osado penetrar en su recinto como esclavos. La civilizacion romana, amasada con la sangre de las naciones vencidas, e iluminada por el radiante astro de Aténas, habia recibido todos los elementos de cultura que germinaron en los pueblos del archipiélago: su Olimpo llega a ser el Olimpo de los griegos; sus leyes, nacidas primero en el interés exclusivo de la ciudad, reflejan al cabo las leyes del Ática; sus artes son remedo de las artes de los Phidias y Praxiteles, de los Ictinos y Ctesiphones: sus poetas, sus historiadores, sus repúblicos estudiaron con esmero la lengua de Tyrteo, Hesiodo y Eschynes, acaudalando con sus tesoros el idioma patrio.

Una literatura que sólo habia brillado desde los tiempos, en que despojada de su originalidad, aspiró a seguir las huellas de los griegos, revistiéndose de las formas creadas por el arte homérico, e inspirándose en sus producciones, no podia sostener por largo tiempo aquel extraño esplendor, llevando ya en sí los prematuros gérmenes de su decadencia. Sin apartar la vista de los grandes modelos, y animados aun por la majestad romana, solemnizaron Horacio y Virgilio los triunfos de Augusto, levantando la poesia al encumbrado asiento, de que habia caido la tribuna; pero si fué la elocuencia en la Roma republicana arma poderosa de gobierno, apoyándose enérgicamente en las costumbres populares, no brillando la poesía por virtud propia, vióse obligada á admitir nuevos elementos, falta de fé para sustentar sus fueros y leyes, y exhausta de fuerzas para defender sus conquistas. Así, cuando se

y relaja la moral; cuando se corrompen las costumbres; cuando cambia de aspecto la política, enflaquecido ya el sentimiento patriótico, y postrado aquel espíritu guerrero que habia domeñado al mundo, caen tambien por el suelo los idolos literarios de Roma, hollados, como las antiguas tradiciones de la inmortal ciudad, por todos los pueblos; contrastados por opuestas nacionalidades, rechazados por los más contrarios instintos, y ahogados finalmente en el cieno de la más afrentosa impureza. Ni qué otra cosa podia suceder donde se quemaba el vil incienso de la adulacion ante las doradas estátuas de tan aborrecibles tiranos, como Tiberio y Caligula? ¿Donde los Padres Conscriptos, depositarios un dia de la rectitud y de la justicia, se habian convertido

altera

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en miseros instrumentos de opresion, manchando sus diestras con la sangre de sus conciudadanos? ¿Donde se compraba el precario seguro de la vida al precio infame de pérfidas delaciones? ¿Donde una horda de mal avenidos soldados repartia honras y dignidades, dando y quitando la púrpura á su antojo?

Á estas causas, bastantes por sí para labrar la ruina de la civilizacion romana, apartando a los imitadores del arte helénico del camino seguido bajo los auspicios de Mecenas, agregábanse necesariamente otras de gran bulto é importancia, bien que no aducidas aun por la crítica, al'estudiar la decadencia de la expresada literatura. Aquel espíritu de independencia que habia sobrevivido en todos los pueblos á la dominacion romana, hostil siempre a la mano que le comprime, debia encontrar, y encontró en efecto, su más firme apoyo y valedor en la nueva doctrina que empezaba á regenerar el mundo. Diez y nueve años bacia que manchaba Tiberio la púrpura de Augusto, cuando se consumaba en el Gólgota la divina obra de la redencion del género humano. «Del pié de la »cruz, donde fué enclavado el Salvador por la ingratitud y la ce»guedad de los hombres, partieron doce nuevos legisladores, po»bres, humildes y desnudos, á predicar por todo el mundo la docvtrina de la salud y á derramar en todas las naciones la semilla vde la civilizacion verdadera, que habia de cambiar la faz del uni»verso '.» Despreciada primero de los gentiles, penetraba aquella doctrina en el hogar doméstico; y fortaleciendo el corazon de los débiles, cicatrizando todas las heridas y prometiendo eterna bienandanza, en pago de las penalidades y miserias de la vida, venia á establecer entre los hombres la igualdad, rescatándolos de la vergonzosa servidumbre, en que yacian. Ni se anunciaba por la violencia, ni se difundia por medio del terror ni del hierro: blanda, benéfica, consoladora se apoderaba de los flacos sin resistencia; se insinuaba con dulzura en el corazon de los fuertes; se derramaba entre los poderosos como refrigerante rocío, destinado á apagar las llamas de sus desapoderadas pasiones, y aparecia en fin entre todos, como vinculo de fraternidad sublime.

Doctrina tan eficaz y así difundida, era el más terrible arie

1 Chalcaubriand, Etudes historiques.

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