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Nymphas natantes, incolasque aquatiles,
Sitas sub alto, more ranarum,

lacu.
Divinitatis vis in algis vilibus?...

Ad haec colenda me vocas, Censor bone?...

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Poniendo de resalto la repugnante y promiscua adoracion de los dioses latinos y egipcios, añadia con no menos heróico aliento:

Venerem precaris?... Comprecare et simiam.
Placet sacratus aspis Aesculapii?...
Crocodilus, Ibis et canes ¿cur displicent?...

Appone porris religiosas arulas: 260 Venerare acerbum cepe, et mordax allium '. Ni era menos heróica y digna de eterna admiracion la sublime entereza, de que hacian alarde ante la crueldad de sus verdugos las vírgenes de Cristo. Eulalia, virgen lusitana y gloria de Mérida, desafiaba á sus perseguidores, diciendo:

Ego sum
Daemonis inimica sacris:
Idola protero sub pedibus:
Pectore et ore Deum fateor.

Ergo age, tortor, adure, seca,
Divide membra coacta luto '.

Inés, vírgen romana, puesta en igual situacion, prorumpia:

Ferrum in papillas omne recepero,
Pectus ad imum vim gladii traham.
Sic nupta Christo transiliam poli

Omnes tenebras, aethere celsior 3. El genio del cristianismo triunfaba pues de la decadente gentilidad, destruyendo sus menguados idolos y eclipsando sus glorias literarias.—Sidonio Apolinar, que alcanza los últimos dias de Prudencio, y que participa en consecuencia del entusiasmo producido por sus inspiradas poesias, no vacila en colocarle al lado de Horacio; mas ni puede la crítica que busca la perfeccion

1 Romano Antiocheno, hymn. X.
2 Hymn. III.
3 Hymn. XIV.

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exclusivamente en la forma, admitir ahora este juicio, ni es dado tampoco el seguirlo a la que, fundada en principios más fecundos, aspira á señalar el desarrollo de la civilizacion por medio de las manifestaciones de la inteligencia. No lo primero, porque sobre ser acusado Prudencio de duro é inarmónico, no habia podido aspirar siquiera, en sentir de los latinistas, á conservar la pureza del lenguaje, siendo numerosos los giros y voces tildados como de baja latinidad en todos sus poemas '. No lo segundo, porque no existe semejanza alguna entre la situacion del preceptor de los Pisones y la del cantor de los mártires: ambos son poetas latinos; pero Horacio, vate cortesano é imitador feliz del grande arte homérico, cuyas bellezas logra trasladar á sus versos, fiado en su privilegiado ingenio, contempla la poesia, más bien como un medio de propia utilidad, que como un instrumento capaz de contribuir á mejorar las costumbres públicas y con ellas el tenebroso porvenir de Roma. Sus sátiras tan urbanas, tan agudas y picantes, no tienen fuerza suficiente para atajar el cáncer que devoraba ya todas las clases de la sociedad, dominada de los más vergonzosos vicios: sus odas tan elevadas, tan grandilocuentes y armoniosas, no son bastantes á excitar el apagado entusiasmo de aquel pueblo, que veia perdida la libertad de la República, debiendo más bien ser consideradas como una concesion hecha por Augusto y Mecenas al agonizante genio de la independencia romana. No así los himnos de Prudencio, cuyo fin

{ Para prueba de esta observacion puede verse el catálogo de voces que sormó Antonio de Nebrija y puso al frente de su edicion de Prudencio (Logroño, 1512), donde con grande erudicion señala las palabras, en que el poeta español se desvió de los escritores del siglo de oro, respecto de la acepcion de aquellas mismas voces. Acaso seria tambien fácil formar numeroso inventario de los giros y frases, en que no se atuvo á los preceptos de los gramáticos; pero esto sólo probaria: 1.° Que Prudencio no aspiró á restaurar la poesia propiamente latina, lo cual habria rayado sin duda en lo absurdo: 2.° Que no conservaba ni podia conservar la lengua su antigua pureza, por las razones que dejamos mencionadas. Juzgar á un poeta, como Prudencio, por el número de voces ó giros que altera ó recibe de la lengua hablada en su tiempo. comparándolo con otra edad más afortunada en este punto, sobre ser demasiado inconveniente, honra poco la crítica de quien así procede. Por lo menos parecerá siempre a todas luces injusto.

principal dejamos ya reconocido: alejado de la corte y de sus grandezas, considera á la poesía como el instrumento más digno para consolidar la grande obra que se habia ya operado en el mundo; y cantando la ruina del gentilismo y el sublime triunfo de la religion cristiana, se abrazaba al sagrado madero del Gólgota, como a luminoso y seguro faro en medio de las tribulaciones, de que la humanidad se veia amenazada:

95 Lignum est, quo sapiunt aspera dulcius:

Nam praefixa cruci spes hominum viget;

6 ya volviendo sus anhelantes miradas al Salvador, cuyo nombre resonaba en todos los ángulos de la tierra, animando con nueva vida a la creacion, exclamaba:

¡Oh nomen praedulce mihi!... lux et decus, et spes,

¡Praesidiumque meum!... ¡Requies o certa laborum!... 395 Blandus in ore sapor, fragans olor, irriguus fons,

Castus amor, pulchra species, sincera voluntas!... !. Exclamando de una y otra manera, probaba Prudencio que no en la pulcritud de las formas poéticas, sino principalmente en la majestad y grandeza de las ideas y de los sentimientos tenia fija su vista; pareciéndonos conveniente observar que si puede achacarse á reprensible temeridad el compararle, bajo aquel aspecto, con el rey de la poesía lírica latina, no debe olvidarse que es acaso el primero entre los poetas, de quienes decia el docto Luis Vives que «competian muchas veces con los antiguos, venciéndolos no pocas ven elegancia y belleza 2.» La comparacion de Sidonio Apolinar

1 Apotheosis.

2 Las palabras de Luis Vives son: «Multa habent (Prudentius, Prosperus, Paulinus, Yuvencus, etc.) quibus elegantia et venustate carminis certent cum antiquis: nonnulla, quibus etiam eos vincant» (De traddenda disciplina, lib. III). Prudencio ha logrado siempre igual estimacion, á despecho de los retóricos. Pruébanlo las numerosas ediciones que de sus poesías se han hecho, desde la primera de 1472 de Deventer hasta la del entendido Arévalo ya citada. De solos los dos primeros siglos de la imprenta conocemos hasta doce ediciones, seis del XVII, y cuatro del pasado, sin contar las del presente, entre las cuales merece ser citada la de Zaragoza (1803), debida al erudito Fr. Lamberto Gil: y no son para olvidadas las numerosisimas reproducciones de sus

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no puede en consecuencia adoptarse de lleno por la crítica, sin que por esto quede rebajado el gran mérito de Prudencio, quien sobre caminar á un fin santo y altamente meritorio, hacia en sus cantos cierto alarde de la independencia de su espíritu.

Tal era la condicion suprema del ingenio español: si en la Roma imperial y gentilica apareció desdeñando toda tradicion literaria, no le acusemos porque en medio del espantoso cáos, en que se hundia el antiguo mundo, ostentase aquella misma libertad, empapadas sus alas en las refrigerantes aguas del Jordan, é iluminado su vuelo por la sagrada luz del Evangelio.

himnos en los Breviarios, en las Vidas y Actas de los Santos y aun en obras meramente históricas, como la España Sagrada, donde se insertan con harta frecuencia. Sobre las más celebradas ediciones de Prudencio puede tambien consultarse á Fabricio, don Nicolás Antonio y Rodriguez de Castro en sus respectivas Bibliotecas.

CAPITULO VI.

POETAS É HISTORIADORES CRISTIANOS.

OROSIO.-DRACONCIO.-ORENCIO.-IDACIO.

Triunfo moral de la Iglesia sobre el politeismo y la heregia.- Proscripcion de los paganos y heresiarcas. -Errores de la política imperial.-Reaccion del gentilismo y de la heregia.—Los bárbaros.Su desbordamiento general durante el siglo V.- Los bárbaros en Italia y Roma.—Destruccion del Imperio de Occidente.—Maravilloso efecto del cristianismo en los pueblos del Septentrion.-Nuevas calumnias del paganismo contra la doctrina evangélica.-Enérgica protesta de los Padres.-Orosio: objeto capital de sus Historias.-Exámen de las mismas.-Su estilo y lenguaje.—Draconcio: su poema De Deo.-Pensamiento que en él se desenvuelve.- Medios poéticos de Draconcio.—Análisis de su poema.—Índole especial de Draconcio. Defectos y bellezas de su estilo.—Orencio: su Commonitorium y sus Orationes. -Idacio: su representacion é importancia en los tiempos en que florece.

Ei cristianismo habia salido triunfante de la gran lucha sostenida por la elocuencia de los Padres y solemnizada por el genio de la poesía. Asentado en la silla de San Pedro el pontifice Damaso, poeta nacido como Yuvenco y Prudencio en el suelo de España, celebra, como ellos, en sus peregrinos cantares aquella inmortal victoria, anunciando a las naciones que la barquilla del pescador

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