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gentiles que en aquel largo período produce España, ofrecen en sus obras esa misma lucha, no contentándose sino con dar preceptos o contradecir los ya establecidos por los imitadores del arte homérico. Aun en los mismos que intentan seguir a los poetas del siglo de oro y Procuran con su egemplo restablecer las letras latinas, se advierte esa natural tendencia á separarse del comun movimiento de los eruditos, resistiéndose á recibir la ley general que á la literatura cobijaba, y poniéndose en abierta contradiccion con las nuevas ideas y sentimientos que iban sensiblemente cambiando el aspecto del mundo.

En los ingenios españoles que ilustran las letras romanas, resaltan pues como dotes principales la extraordinaria fuerza con que rechazan todo yugo y el amor ardiente con que acarician el vivo recuerdo de su libertad perdida. Estos dos poderosos móviles los llevan, segun dejamos ya demostrado, hasta el punto de menospreciar y quebrantar á sabiendas las reglas y preceptos del arte de Horacio y de Virgilio. Pero tan decisivos y brillantes caractéres no son exclusivos de ninguna época determinada en la historia de la literatura española: perteneciendo igualmente a todas las edades, forman, digámoslo así, los indestructibles polos, en que estriba nuestra nacionalidad literaria, bastando á salvarla en medio de los grandes trastornos y duras pruebas, á que plugo á la Providencia exponerla. Hé aquí por qué nosotros no comprendemos la historia de las letras en nuestro suelo, sin que volvamos la vista á contemplar lo que fue el ingenio español desde el momento en que nos es dado apreciar sus creaciones, para que, comparadas estas con las de más cercanas edades, pueda deducirse legítimamente si han sido parte á adulterarlo las diversas invasiones que ha sufrido la Península Ibérica, o si ha conservado y trasmitido de siglo en siglo aquella nativa y singular energia y aquella inquieta independencia que le impulsaron á precipitar la ruina del maravilloso arte greco-latino.

Reconocidos ya los caractéres que principalmente avaloran á los poetas y escritores gentiles, réstanos considerar el vuelo que toma en la lira de los vates españoles la musa cristiana, al apoderarse de aquella lengua, que por ser universal en todo el orbe romano, debia aparecer como el más propio instrumento de la TOMO I.

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nueva civilizacion, que no sin costosa lucha se levantaba triunfante sobre los caducos restos del politeismo. Estudiemos pues este inmortal combate, el más noble y sublime que en el terreno de la inteligencia y bajo el aspecto de las costumbres presentan los anales del mundo.

CAPITULO V.

POETAS CRISTIANOS.

C. VECIO AQUILINO YUVENCO.-M. AURELIO PRUDENCIO

CLEMENTE.

Estado de las costumbres al aparecer el cristianismo.-La doctrina evangélica.—Lucha entre el politeismo y la religion cristiana.-Los Padres.La elocuencia sagrada.- Vindicacion de la doctrina evangélica.-Lastimoso estado del mundo moral, pintado por los Padres.--Los espectáculos gentílicos.—Abjuracion que hacian de ellos los cristianos.—Triunfo de la elocuencia sagrada.-La paz de Constantino.--Aparicion de la poesía cristiana.- Aquilino Yuvenco.-Su Historia Evangelica.—Significacion é importancia de este poema.–Su exámen.-La religion cristiana es promulgada como religion del Imperio.-Prudencio Clemente.-Sus poesías.—Division, objeto y carácter de las mismas.-.Nuevos elementos que las cons

tituyen.

Si las obras inspiradas por el decadente gentilismo presentan con entera claridad la afrentosa ruina del antiguo mundo, desplegando á nuestros ojos el repugnante cuadro, donde aparece escarnecida toda dignidad, hollada toda virtud y ensalzado todo crímen; la nueva literatura, que se levantaba sobre los clamores del Gólgota, alentada por la predicacion del Evangelio y amasada con la sangre de los mártires, llamada estaba á revelar con más vigo

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roso colorido aquellas vergonzosas y sangrientas escenas. Desplomábase al peso del escándalo el edificio del politeismo: impotente la filosofia para contener su fracaso, habia contribuido sólo á derramar la vacilacion y la duda con sus multiplicados y contradictorios sistemas. Descaminada la humanidad en tan oscuro laberinto, desposeida de seguro y luminoso faro, adonde guiar su planta vacilante, ó echóse en brazos de sórdidos placeres, erigiendo altares à la disolucion y al adulterio, ó buscando disculpa á su afeminacion, deleitose en sangrientos espectáculos, embotando su gastada sensibilidad y exaltando al propio tiempo sus feroces instintos.-El pueblo romano, ahogada la voz deľ patriotismo, sin vínculos de verdadera union, y centro de opuestas creencias y preocupaciones religiosas, si no logró en los dias de su engrandecimiento mostrarse limpio de reprensibles costumbres, mezclado ya con todas las naciones de la tierra, abrazó débil ó desvanecido los extravios de todas, llevándoles en cambio el frenesí de sus estadios, la crueldad de sus anfiteatros, la vanidad de sus circos y la torpe lascivia de sus teatros.

Roma habia dado su nombre al mundo; pero tambien le habia hecho el fatal presente de su disipacion y de sus crímenes. Leyes tan severas como la Peducea, la Scantina y la Julia, se habian dictado para cortar el estrago del incesto, del adulterio y de la sodomia, que deshonraba a los más generosos patricios 1: cundia, no obstante, el contagio; y saliendo de la oscuridad donnéstica á los sitios públicos, tomaba el vicio las cien formas de Proteo, é infundiendo su dañado espíritu en todo linaje de espectáculos, fiestas y pasatiempos, todo lo infestaba y corrompia. El pueblo, que apoyado en la historia adulterina de sus dioses, juzgaba honrarlos con el impuro sacrificio del pudor y de la castidad, si hubo un tiempo en que pareció avergonzarse de pedir ante M. Porcio Caton el torpe ejercicio de los juegos florales ?, aplaudia ya frenético la

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1 Sobre este punto es digno de consideracion cuanto escribe Demsptero en el libro VIII, cap. XXIV de sus Antiquitates Romanae, apoyándose en los más respetables autores de la antigüedad (Véase el fól. 668 de la ed. de Paris, 1613).

2 Valerio Máximo, lib. II.

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licencia de los Clodios y Catilinas ", cuyo fatal egemplo se reproducia por todas partes con lastimosas creces. Ni estaba reducido á la muchedumbre el espectáculo de tan degradantes escenas, autorizadas a la faz del mundo por el primero de los Augustos ?, quien procuraba amenizar los suntuosos banquetes que pregonaban su grandeza, con toda suerte de juegos, recitaciones y mimos 3, donde holladas a menudo las leyes del decoro, manchaba la majestad de la púrpura la soltura de los truhanes é histriones.-- Tan grande efecto produjo en los magnates y patricios este egemplo de Octaviano, que el severo Lucio Anneo Séneca se mostraba admirado de que se contasen en los convites nocturnos, en que se estragaba la juventud romana, mayor número de cantores que espectadores habian tenido en otro tiempo los teatros *. Impotentes ó corrompidos, fomentaban los Césares aquella espantable disipacion con el repetido egemplo de sus flaquezas; y anhelando cohonestarlas, dorábanlas con el aparato de la legitimidad, y cubriéndolas con la autoridad de las leyes, levantábanlas á la esfera de públicas instituciones, conquistando de esta manera el aplauso de la muchedumbre 5.

Corria el mundo romano por tan rápida pendiente al despeña

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{ Ciceron decia en su celebrada oracion Pro Milone: «Quod si in vino ct alea comessationes et scorta quaerebat, essent illi quidem desperandi, sed tamen essent ferendi.»

2 Ovidio decia á Augusto desde el Ponto:

Luminibusquo tuis, quibus totus urįtar Orbis,
Spectasti scaenae turpis adulteria.

(Trist., lib. II).

3 Suetonio Tranquilo eseribia sobre este punto, en su vida de Augusto: «(Acromata, hoc est, narrationes, recitationes ludicras et mimicas, ab Augusto interponi solere conviviis, ad convictores oblectandos» (ed. de Utrecht, 1672)

4 In comessationibus nostris plus cantorum est quam in theatris olina, spectatorum fuit (Epist. LXVIII).

5 Lampridio, In Alexandrum, observa al tratar de los espectáculos: «Ut Alexandrum nanos et nanas, ct moriones, et vocales exoletos et omnia acromata et pantomimos populo donasse.»— Más adelante reconoceremos todo el valor de esta concesion, hecha por Alejandro Severo al populacho romano,

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